
Una potente llamarada solar había enviado una descomunal ola de energía y aquella noche del 11 al 12 de mayo de 2024 alcanzó la Tierra provocando la aparición de intensas auroras, incluyendo latitudes de las zonas templadas del planeta.
Normalmente las auroras sólo son observables desde latitudes cercanas a los polos, pero ese fin de semana llegaron a ser detectadas en lugares tan al sur como las Islas Canarias en el hemisferio norte, o tan al norte como en la provincia de Buenos Aires en el hemisferio sur.
Hacía días que se comentaba por redes sociales la intensa actividad solar, la presencia de la gran macha AR3664 y sus erupciones asociadas que estaban lanzando ingentes cantidades de partículas energéticas, también en dirección a la Tierra.

Hasta ese momento no había prestado demasiada atención a estas noticias pensando que ver una aurora desde mi latitud de unos 40°N era algo poco más que imposible.
Pero aquella noche de viernes, ya de relax semanal, casi dando cabezazos, comencé a ver publicaciones sobre el avistamiento de auroras desde el sur de Europa. Decidí subir a la primera planta y asomarme a una ventana que da hacia el norte, vivo casi en el campo y justamente es la dirección que tengo más libre de obstáculos hasta el horizonte.
Eran casi las 12 de la noche. Tras unos breves segundos de adaptación a la oscuridad noté algo, una tonalidad apenas perceptible, tan leve que no sabía si era algo real o si era mi imaginación. Pensé que con una simple fotografía tomada con la cámara del teléfono móvil saldría de dudas, así lo hice. Y sí, allí estaba, un extraño resplandor rojizo que hubiera sobresaltado al propio Jack Nicholson. Mi somnolencia desapareció en un segundo.
Tras realizar varios ensayos tomé alguna imagen más o menos decente con el móvil. Aquello parecía que iba a más, comenzaron a aparecer en las fotos columnas de luz que ascendían en el cielo sobre una luminosidad más magenta que otra cosa hasta una altura de 50° sobre el horizonte, por encima de la estrella Polar. Decidí pasar a mayores y cambié el móvil por la réflex para intentar obtener imágenes de más calidad.
Entre fotografía y fotografía se apreciaba con claridad como la disposición de las columnas luminosas iba cambiando, al mismo tiempo que parecía que el grueso de la actividad se iba moviendo hacia el noreste. Estuve un rato tomando imágenes y compartiendo excitación con todos los espaciotrastornados a través de las redes sociales. Unos minutos más tarde la actividad parecía decrecer, y de repente, alrededor de la una y media de la noche… ni rastro de las auroras. Nada. El cielo era de nuevo blanco-azulado gracias a la nefasta iluminación artificial de nuestras ciudades.
El espectacular episodio de actividad auroral parece haber terminado, pero el Sol se encuentra cerca de su máxima actividad en un ciclo que dura 11 años, y es probable que pueda repetirse el fenómeno durante este año y el próximo.
Las auroras se producen cuando partículas cargadas procedentes del Sol, en su mayoría electrones, chocan contra la atmósfera de nuestro planeta. El campo magnético terrestre protege nuestra atmósfera de la mayoría de las partículas de alta energía, pero en períodos de alta actividad pueden colarse en ella a través de los polos.

La atmósfera de la Tierra está formada por aproximadamente un 80% de nitrógeno y un 20% de oxígeno, y cuando los electrones chocan a alta velocidad contra las moléculas de nitrógeno u oxígeno en las capas altas las dividen en átomos excitados. Cuando estos se relajan y regresan a su estado normal, liberan la energía acumulada en forma de luz visible.
La luz generada por el nitrógeno puede ser azul o magenta, mientras que la generada por el oxígeno puede ser verde o roja, dependiendo de las condiciones atmosféricas y de la altura a la que se produzca esa transición de regreso al estado normal. Las auroras habitualmente se producen alrededor de los círculos polares a una altura de unos 100 kilómetros produciendo los tonos azules y verdes. Sólo en el caso de auroras muy intensas en las que aumenta la probabilidad de colisiones a gran altura, a unos 250 kilómetros, los átomos pueden llegar a emitir en tonos magenta o rojo; además éstas son visibles a menor latitud terrestre debido a la forma del campo magnético, cuyas líneas de fuerza se separan más de la superficie terrestre cuanto más cerca del ecuador.
Todos estos colores pueden llegar a ser observables a simple vista si la aurora es lo suficientemente brillante, pero en el caso de las auroras que llegan a producirse en bajas latitudes su intensidad es tan baja que apenas pueden distinguirse a simple vista.
Sin embargo, todos hemos podido ver multitud de fotografías mostrando rojos y magentas intensos llenando los cielos, incluso fotos de postureo recortadas contra la luz de las auroras, a veces demasiado saturadas artificialmente. La inmensa mayoría del público que no ha sabido del evento está contrariada preguntándose cómo se ha perdido el fenómeno o porqué no ha visto nada.

La respuesta es que las cámaras fotográficas cuentan con dos grandes ventajas respecto al ojo humano. La primera es que permiten exposiciones prolongadas durante las que acumulan la luz construyendo una imagen mucho más brillante de lo que pueden detectar nuestros ojos en tiempo real. La segunda es que nuestros ojos son muy poco o nada sensibles a los colores en condiciones de baja luminosidad, mientras que los sensores de las cámaras no tienen esa limitación.
Dado que es posible que el fenómeno vuelva a repetirse durante los próximos días, semanas o meses, puedes prepararte por si vuelve a suceder. Sólo necesitas una cámara fotográfica o simplemente la cámara del teléfono móvil, y estar informado de si se produce un nuevo evento.
Si estás en redes sociales como Twitter (X) y sigues cuentas relacionadas con la astronomía, quizás puedas enterarte en tiempo real cuando se produzca el consecuente revuelo (como me pasó a mi). De todos modos, creo que el mejor sitio web para informarse es el del NOAA Space Weather Prediction Center, donde se publica el índice de actividad geomagnética y un pronóstico de posibles auroras, actualizado cada media hora, puedes encontrarlo aquí:
https://www.swpc.noaa.gov/communities/aurora-dashboard-experimental


Si finalmente se produce la aurora, busca un lugar oscuro preferiblemente alejado de las ciudades para evitar la contaminación lumínica. Coloca la cámara sobre un trípode o apoyada en algo para que no se mueva. Apunta más o menos hacia el norte (hay infinidad de aplicaciones para móvil que incorporan brújula). Abre el diafragma al máximo de apertura y enfoca al infinito. No olvides activar el disparo con retardo para evitar las vibraciones al pulsar el disparador.
Puedes empezar a probar a partir de estos parámetros: selecciona una sensibilidad de entre 200 y 1600 ASA (a mayor contaminación lumínica menor ASA) y programa una exposición de entre 15 y 30 segundos. Puedes ir jugando entre estos parámetros hasta que la imagen obtenida sea satisfactoria.
Esperemos que ojalá pueda volver a producirse una aurora desde nuestras templadas latitudes, y esta vez nos pille un poco más preparados, ¡suerte!


